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Nunca me ha interesado especialmente el acto de la agresión, sino el dolor que hay detrás de la misma, porque ese dolor existe y es real. Somos responsables de nuestros actos, pero no somos responsables de nuestro dolor. Lo que más me interesa es la reflexión sobre el hecho de que se quiera responsabilizar o culpabilizar del propio dolor a quienes lo sufren, porque esto tiene una intención y unos resultados políticos.

Es difícil trasladar a los demás la propia vivencia nítida y permanente del dolor y para muchos es casi imposible entender esta realidad. Quizá por esto la sangre que mana aligera, aunque sea solo por unos instantes, la insoportable presión del dolor interior que no encuentra otra manera de salir a la luz. Un derrame que no calma el sufrimiento como tampoco lo hacen aquellos que, con clasificaciones frías e impersonales, lo tildan de enfermo, perdidos todos ellos en una rueda interminable de incompresiones, sin que el dolor mengüe ni tenga final.

Y aun así, se siguen buscando caminos.

(febrero 2013-agosto 2014)